lunes, 12 de junio de 2017

Vuelve a llamar.

Pues no sé qué pasa estos días por mi cabeza. Bueno sí lo sé, pero hacía tanto que ya ni me acordaba de la sensación.
Hace mucho calor, cosa que a mí me parece estupenda. Es lunes, pero es fiesta, así que no he ido trabajar. He tenido tiempo (y ganas) de hacer lo que me había propuesto hacer hoy. No digo que haya sido un día productivo, porque odio esa expresión. Productivos, como los animales de granja. Vale que así es, que es para lo que estamos, para producir. Fenómeno. Un fin de lo más guay. A mí sigue sin gustarme la expresión, porque además no he producido más que deshechos hoy. Para redondear el fin de semana largo, hay una tormenta muy chula sobre nuestras cabezas. Me encantan las tormentas. Creo que gracias a Draco, el de Barrio Sésamo.

Aún así ahí está. De nuevo en mi cabeza. Esta sensación de ¿para qué? de ¿qué ha pasado? Me encuentro escuchando canciones de aquella época, y parece que huele a aquel verano. Pero no es aquel, es éste. Y en el medio han pasado más veranos de los que pensé que pasaría. Idas y venidas, amigos y enemigos, perros, compañeros de trabajo que se convierten en amigos, o en pesadillas, o en nada, sin pena ni gloria. Grandes viajes y viajecitos para volver exactamente al mismo punto.

Ya no está aquel mueble mamotreto en el salón, ni la lámpara de araña. La tele nunca está encendida, a veces hay música. Hay plantas en la ventana y juguetes de perro por el suelo. El sofá es otro, aquel acabó por hundirse. Como todo el que se sentaba en él. Este sofá parece más resistente. Aunque solo lo parezca. De todos modos no sé si podrá conmigo, en días como hoy creo que no.

Igual ya es tarde para arrepentirse. ¿Los que no han sido educados en el catolicismo también se arrepienten? No sé si quiero estar tan sola.