lunes, 28 de septiembre de 2020

Synchronicity.

 Todas las cartas de la tirada de tarot que acabo de hacer me hablan de cambio. Y mira, es una nueva semana, de una nueva estación. Igual es buen momento.

¿Sabes cuando alguien hace algo, que en realidad no es malo, pero lo hace tan mal, y tan sin pensar en nadie más y tan sin pizca de tacto que te sienta peor que si te hubiera metido el dedo en un ojo?

Pues siendo yo, como es mi caso, la primera vez lo dejo pasar instantáneamente. Porque es un pequeño detalle dentro de un mar de cosas buenas y porque oye, no todo puede ser de color de rosa todo el día, todos los días.

La segunda vez, me salta una pequeña alarma porque me acuerdo de la primera, de la que obvié y “dejé pasar”, A la vista está que yo nunca dejo pasar nada, me lo puedo comer, tragar, hacer la digestión, lo que sea, pero olvidarlo no sé.

La tercera vez me encabrono hasta ponerme roja, me hierve la sangre. Y no por lo que me hayan hecho o dicho, que un poco sí, pero no. No por eso, sino por lo profundamente gilipollas que me siento. Si la primera se me quedó ahí al fondo de la retina y la segunda me saltó la alarma, ¿por qué demonios no puse cartas en el asunto antes? ¿Por qué dejar que pase una tercera?

Pues como dice el tarot, es hora de cambiar, llámalo sino, destino o sincronicidad. Nunca me había dado por pensar en esa palabra. Ni sabía lo que significaba, y eso que Synchronicity II de The Police es una canción que me encanta. ¿Casualidad?

martes, 22 de septiembre de 2020

Huevos duros.

 “La milagrosa dieta de los huevos duros” y aquí me veo yo corre que te corre a pinchar en el enlace. Que parezco nueva. Como era de esperar la dieta es efectiva si tienes una boda, te compraste el vestido en las rebajas y al aproximarse la fecha, no te cabe ni con faja. De otro modo no. No la hagas. En cuanto te comas un plato de lentejas, o uno de pasta o una paellita… adiós.

Siempre igual. Los que recurrimos a la comida cuando tenemos ansiedad estamos abocados a una vida de regímenes, dietas imposibles, miradas de lástima, de asco, de desaprobación, comentarios innecesarios. Como si una no supiera que ha engordado, que estoy gorda, pero no soy ciega ni gilipollas.

Y aun así no puedo evitar ir al enlace y leer. Este no es el mejor año para hacer dietas, entre confinamientos, despidos, miedo, aislamiento, tanto sofá, tanto maratón de series… jamás me ha dado por comerme unas crudités viendo una peli. Pues no. Palomitas, patatas, conguitos, cerveza, pipas, coca cola, helado. Eso sí. Verduras crudas no, la verdad.

Que sí que sí, que me pasa por falta de control, por gordaca, que sí. Que debería poder controlar mi ansiedad mediante la meditación, o el yoga, o haciendo ejercicio, o como sea menos poniéndome ciega de chocolate y cosas engordosas.

Pues no lo hago, ahí está el tema. No controlo una mierda, así que lo dejo estar y cuando creo que hasta aquí hemos llegado pues me hago unos meses de dieta milagrosa, o no, que a veces he hecho una de las buenas, con nutricionista y alimentos sanos incluidos. Bajo lo que considero que tengo que bajar y vuelta a empezar.

Qué le vamos a hacer. Mis amigos me quieren igual. Y mis perros. Y el León. Mi madre… así así.  Si ya lo sé, que es cuestión de salud y no tanto de estética. Preguntad a Eva si hay alguien con mejores analíticas que las mías y preguntad al León… bueno no, esto es muy privado, mejor que no preguntéis más.

jueves, 3 de septiembre de 2020

León.

No puedo decir que tengo, porque no es mío ni de nadie, pero hay un León que se pasea a menudo por mi sabana. Es solitario, de melena negra, misterioso. Se pasea tranquilo, callado, observándolo todo. Y pese a su apariencia sencilla, está lleno de fuego.

A veces quiero hablarle del ruido de alrededor, se me ocurre abrir la boca para decirle algo banal que en ese instante me parece "compartible". Normalmente no lo hago, a veces sí. Al León parece no importarle y me sigue el rollo, pero creo, y esto no es un reproche, que no le importa nada lo que le digo ni nada de lo que me rodea cuando él se aleja y que me escucha por caballerosidad, para no herirme. Y no quiero que me hiera. No así.

Había tenido muchos otros animales en mi sabana, alacranes, toros, cabras, un pez payaso y hasta algún centauro. A los leones los había evitado como si fueran cánceres, porque pensaba que lo eran. Pero ha sido un año raro. El más raro de todos los años que recuerdo. Prendí fuego a la sabana, y me dije que ya era hora del barbecho. A ver si salían mejores criaturas, con buenas raíces, sanas y fuertes. Y apareció el León.

Cuando está no puedo apartar la mirada, me arden las entrañas y quiero gritar y retorcerme. Quiero que me desgarre la ropa y me muerda los muslos y los brazos. Claro que sí. Quiero que me deje marcas y hasta alguna cicatriz. Quiero que me coma entera. ¿Cómo no voy a querer? 

Pero el corazón que me lo deje como está, que las heridas ahí tardan demasiado en curar y ya no sé si tengo tanto tiempo.