jueves, 3 de septiembre de 2020

León.

No puedo decir que tengo, porque no es mío ni de nadie, pero hay un León que se pasea a menudo por mi sabana. Es solitario, de melena negra, misterioso. Se pasea tranquilo, callado, observándolo todo. Y pese a su apariencia sencilla, está lleno de fuego.

A veces quiero hablarle del ruido de alrededor, se me ocurre abrir la boca para decirle algo banal que en ese instante me parece "compartible". Normalmente no lo hago, a veces sí. Al León parece no importarle y me sigue el rollo, pero creo, y esto no es un reproche, que no le importa nada lo que le digo ni nada de lo que me rodea cuando él se aleja y que me escucha por caballerosidad, para no herirme. Y no quiero que me hiera. No así.

Había tenido muchos otros animales en mi sabana, alacranes, toros, cabras, un pez payaso y hasta algún centauro. A los leones los había evitado como si fueran cánceres, porque pensaba que lo eran. Pero ha sido un año raro. El más raro de todos los años que recuerdo. Prendí fuego a la sabana, y me dije que ya era hora del barbecho. A ver si salían mejores criaturas, con buenas raíces, sanas y fuertes. Y apareció el León.

Cuando está no puedo apartar la mirada, me arden las entrañas y quiero gritar y retorcerme. Quiero que me desgarre la ropa y me muerda los muslos y los brazos. Claro que sí. Quiero que me deje marcas y hasta alguna cicatriz. Quiero que me coma entera. ¿Cómo no voy a querer? 

Pero el corazón que me lo deje como está, que las heridas ahí tardan demasiado en curar y ya no sé si tengo tanto tiempo.

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