El verano pasado me robaron en el coche dos veces en quince días. ¿Cuántos días de verano llevamos? ¿Diez, once? Pues ya me han pinchado una rueda. No, no he pisado un clavo, ni me he metido por una camino de cabras (bueno si, pero no pinché ahí). El mecánico me confirmado esta mañana que la rueda había sido pinchada a propósito con un punzón o algo similar. ¡A propósito! ¡Y yo sin saber que soy tan importante para alguien como para tomarse tal molestia!
Claro, que por otro lado pienso... igual el/la indeseable en cuestión eligió mi coche entre todos los aparcados por una cuestión de azar, o una cuestión estética (está muy sucio, la verdad), no lo sé, el caso es que el mío fue el elegido. ¿Será que alguien me odia de verdad? Qué fuerte. Alguien puede odiarme, con lo maja que soy yo. Si, soy maja, si Elena y Cristina, que no nos soportemos las unas a las otras no significa que no sea maja. Yo soy muy maja. Que lo sé.
La tarde en cuestión aparqué muy cerca (pero sin tocar, a unos 5 cm de él y por delante tenía casi un metro hasta el siguiente coche) de un ibiza o un león negro. Aparcar tan cerca de un coche famoso por el carácter impetuoso de sus dueños: ¡¡¡error!!! Llevar el coche al garaje aunque esté a unas manzanas de casa: ¡¡¡acierto!!! Tampoco es cuestión de juzgar a los dueños del otro coche por el modelo. Yo tenía un saxo tuneado (de ahí que me lo abrieran TANTO el año pasado) y no fue de mi elección, era lo que había y podía pagar.
Bueno, que sigo sin saber por qué alguien ha sido tan hijo de puta como para reventarme la rueda y que espero que se le pudran los huevos o los ovarios.
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