sábado, 17 de noviembre de 2012

¡Aaaahhhhh!

¿Que a qué viene el grito? Pues a que hoy no me he peinado, llevo puesto un pantalón dos tallas más grande que la mía, una especie de camiseta de cuello alto, unas botas de montaña y un impermeable acolchado de hombre. Azul, verde, gris y marrón. Así voy hoy. Y sin peinar.
Voy a pasear con los perros, es normal ir cómoda y algo... ¿desaliñada? ¿desastrosa? Además llueve. Así llego a casa seca, o casi.
De vuelta a casa paso por el super para comprar una pipas y algo de pan de molde. Tardo un segundo así que ni meto el coche en el parking, dos cosinas, pago y me voy.
Bien, sólo hay un chico delante de mí en la caja. Huele muy bien. Se gira para sacar sus cosas y le veo la cara. ¡AAAAAAAAHHHHHHHHHH! Es él. ¡Mierda! ¡Y yo con estas pintas!
Me quito las gafas, me desabrocho el impermeable, estiro la camiseta, me saco el pelo por fuera del abrigo y disimulo hasta que me vea.

Me ve y me reconoce al instante (para mi sorpresa). Qué tal te va, bien y a ti, hace mucho que no nos vemos (nunca deberías haberme visto con estas pintas), que tal los perros, arriba en el coche, pues subo contigo y les saludo (oh dios mio qué majo es, y qué guapo, y qué bien huele). Espera a que pague y sube conmigo para ver a los perros. Debe pasar un minuto o minuto y medio acariciándoles y diciendo lo buenos y guapos que son. A mí se me hace eterno y no puedo evitar pensar, pero por qué hoy, con lo mona que iba ayer. Se despide de los perros y me planta un beso que me deja sin aire. Llámame esta semana, vale? Si, estoy algo liada, pero te llamo.

Parece que si tiene que ser es.


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