La una de la mañana parece una hora afilada, nada amable, triangular en lugar de redonda. Nada que ver con la una del mediodía, que a pesar de ser exactamente igual es totalmente diferente.
Hoy ha sido un día normal, una mañana agradable con mi hermana y una tarde tranquila de paseo con los perros y los amigos. Me encontré a la ceniza de Elena en el paseo de primera hora con los perros y pensé que igual mi día ya estaba gafado. Es el efecto que tiene la tía. Una gafe de mucho cuidado. Pero luego vistiéndome me abroché mal la camisa y me puse el jersey del revés. Y pensé "¡bien! ¡sorpresa! ¡dos sorpresas!". Pero ni sorpresa ni nada. Lo uno por lo otro. Tampoco ha sido un mal día. El gafe de Elena ha sido compensado por dos posibles sorpresas, así que ni lo uno ni lo otro.
Es la una menos cuarto de la mañana, ¿Por qué no se dirá de la noche? No pillo esas cosas. Era más fácil hablar de am y pm. A veces puedo ser muy pretenciosa. Menos diez son ahora y cada vez las agujas se afilan más. Me pregunto cuando dejarán de parecer bisturíes para volver a ser agujas de reloj.
Tengo una botella de Faustino I en la despensa desde hace más de un año. Y nunca la abro porque espero el momento de celebrar algo, el momento propicio. Y hoy, sin sorpresas y sin gafes, he llegado a casa y mientas calentaba unos filetes en el microondas he ido a la despensa, he cogido la botella, la he abierto y me he servido el preciado vino en mi copa de cristal azul. Delicioso.
¿Por qué no? No hay nada que celebrar. Ni hoy, ni ayer, ni mañana.
Es la una menos cinco de la mañana. Las agujas parecen una tijera a punto de cargarse el 12 del reloj. Adiós mediodía y adiós medianoche. Pero eso no va a ocurrir. Pasaran de largo, como todos los días. Y nos darán las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres, como decía Sabina. Como todos los días.
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