viernes, 8 de agosto de 2014

Lluvia de estrellas.

Ahora mismo no quiero saber nada de nadie. Por otro lado parece que quiero que todos lo sepáis. No sé a qué fin exactamente. De esto ya hemos hablado. Igual para poneros sobre aviso. Si durante unos días me encontráis especialmente difícil, es porque lo estoy. ¿O quizás porque lo soy?

La luna llena está cerca, igual es eso, es de esas que me dan mala leche. Se supone que será la más grande del año y que por su culpita las Perseidas se van a ver más bien poco. Tan iluminado estará el cielo. El corrector ortográfico no sabe qué son las Perseidas.

Tengo ganas de romper algo, de destrozar algo, de hacerlo añicos. De hacerme heridas en los nudillos de tanto romper y destrozar y hacer añicos. Luna de agosto, hazme encontrar el camino...         Es como si me sobrara energía de la mala, de la que hay que expulsar para que no te inunde la ira por dentro.

En este verano a medias, sin fiestas de pueblos, sin piscina, sin noches regadas con cerveza, sin casi Perseidas, sin sandalias ni pamelas, sólo noté que estaba viva cuando me quemé al sol. 

La ira, qué nombre tan bonito tiene, ira. Va directa al cerebro, no te agarrota una mano, o un codo, o la cadera. No, al cerebro, directa. Y allí forma un remolino, como el que se forma en la esquina de la plaza del pueblo, debajo de los soportales, cuando sopla el aire en las noches frescas de agosto. Un remolino de envoltorios de chicles, de helados, de pipas con arena y pelusas. Un remolino molesto. Que va tomando fuerza, cada vez más alto, si, y cada vez mas fuerte. Hasta que se convierte en tornado, un viento huracanado que lanza y destroza ideas, enturbia recuerdos, golpea afectos y aniquila esperanzas. La ira que no te deja ver. La ira que te hace hacer lo que sabes que no debes hacer. La ira que te aleja cada vez más del aquí y del ahora. La ira. Que estalle la ira.


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