martes, 25 de junio de 2013

Madness keeps me sane.

Una noche estaba yo en el Bongo Club bailando y vi a lo lejos a un chico muy alto, moreno, con el pelo largo, muy guapo. Cuando yo hablo de guapos hablo de mis guapos, no de la guapura general, sino de la que me gusta a mí. Bueno, se acercó a mi bailando, porque yo le había clavado la mirada y cuando ya lo tenía delante le dije who are you en plan trueblood cuando era una serie genial, él me respondió con la misma pregunta y no nos separamos ni unos centímetros en las siguientes 20 horas. Estaba loco como una cabra, como a mí me gusta. Totalmente acuario. Qué tío, se subió al tejado del edificio en el que vivíamos Saray y yo y se puso a gritar mi nombre. Me saturó un poco tanta locura y en la tarde del día siguiente acabé mandándole a la mierda. Pero un par de semanas después descubrí que no podía dejar de pensar en él. Estaba instalado en mi cerebro, en mi retina, en mi nariz, y en mi boca. Michael Patrick Joyce.

Mi obsesión por él no duró mucho aunque nos vimos muchas veces más. Llegamos a ser buenos amigos. Era muy refrescante estar con él de vez en cuando porque estaba genuinamente loco y lo llevaba todo al extremo, la música, el alcohol, el sexo, la risa... Murió en otoño de 2011, un accidente de tráfico, una mierda de muerte para alguien tan especial como él. Una mierda de muerte. Pienso en él muy a menudo, sobre todo cuando me enamoro de alguien.

Me enamoro muy fácilmente, igual que me desenamoro. Exactamente igual. Cuando veo en alguien esa chispa de locura que tenía Michael no lo puedo evitar, me enamoro. De repente estás tan lleno de vida que se te escapa por los ojos, por las manos y por todas partes. Es contagioso, divertido, fuera de la realidad, mágico, salvaje, musical, doloroso de tan puro. Buena gana, el que lo haya vivido sabrá de qué hablo y el que no pensará que se me ha ido.

Anoche me enamoré. Y no sé cuánto va a durarme esta vez, ya van unas horas y la cosa sigue bien. Me encanta enamorarme. Hace que todo esto merezca la pena de algún modo. Si tuviera vodka y zumo de naranja brindaría por Michael, por él y por el amor fugaz, el que dura un rato, el que grita desde los tejados porque no se puede quedar dentro. El que a mí me gusta.

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