lunes, 29 de septiembre de 2014

Humana.

No, no estoy nada preocupada. Hubo unos minutos ahí, de incertidumbre. Pero creo que todo está bien. Que no importa que abra un poco la ventana. Al fin y al cabo la persiana está bajada. No puedo verte.

No hay nada ni nadie mejor ni peor que tú. Que tú y que yo. Ya que nunca fuimos nosotros, siempre tú y luego yo. Detrás. Idiota. Perdida. Idiota perdida. Humana.

Recuerdo los árboles danzando con el viento de junio a través de tu ventana. Hospitales y chicos jugando al fútbol. Chopos con hojas de confeti. Qué bonitos son los chopos cuando hay viento. Aún me calman.

Aquella mañana de domingo ya cerca de mí, recostado sobre el lado izquierdo. El colchón en el suelo de la habitación. Sin vistas. Una camisa de cuadros azules y blancos. No, no de mantel. Una camisa de cuadros preciosos. Se abría un poco en forma de triángulo y dejaba ver tu vientre. ¿Los hombres tienen vientre? ¿O es cosa de madres? Da igual, tu no eras un hombre. Ni yo una mujer. Salvo sobre aquel colchón. Veo aquel pedazo de tu vientre y quiero que subas la persiana porque no puedo verte.

Tenían razón, todos. El tiempo pasa y todo pasa con él. A veces se me olvida y a veces siento punzadas en el corazón. A veces te recuerdo y a veces se me olvida que no puedo verte. Que no quiero verte.

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