Qué os parece. Me levanto, saco a los perros, les doy el desayuno, me siento a abrir el correo electrónico mientras se hace el café y me encuentro un comentario pendiente de publicar en la entrada anterior, la de Carta a un príncipe azul. Dos comentarios para ser exacta, y no, no son del príncipe en cuestión. Son de alguien a quien conocí brevemente hace más de un año y que por lo visto aún me guarda rencor.
No he publicado los comentarios en cuestión, no por cobardía sino porque no me da la gana. Este hombre está confundiendo churras con merinas, y se lo voy a explicar.
Sí, me llevó 30 segundos o menos darme cuenta de que no me gustabas, y dentro de la incomodidad de la situación te lo hice saber intentando ser honesta. Contigo si. Pero sobre todo conmigo. Yo nunca he estado con nadie por pena, nunca he estado con nadie por no estar sola. Eso no es para mí y desde luego si a eso llamas ser cobarde, no compartimos diccionario. Lo que hubiera surgido durante un mes de emails y llamadas de teléfono desapareció cuando nos vimos. No hubo semilla. Así que no compares ambas situaciones porque no tienen nada que ver.
Prefiero 100 veces un rechazo sincero a quedarme junto a alguien para ver qué pasa, por si acaso surgiera algo con el tiempo. O que alguien se quede conmigo por esas razones. No. Eso definitivamente no es para mí. O quiero estar contigo, o no. O quieres estar conmigo, o no. Y yo no quise estar contigo.
Una vez tuve un gato que no paraba de maullar. Nicolás. No paraba de verdad, desde que me levantaba hasta que me iba a la cama. Lo llevé al veterinario y tras mirarlo bien me dijeron que al gato no le pasaba nada físico, sólo que demandaba atención constante. Busqué durante unos días, visité varios sitios y finalmente le encontré un hogar en una granja cercana donde había otros gatos, perros, ovejas y patos. La familia era encantadora y en cuanto Nicolás llegó se sintió en casa, al menos dejó de maullar. Una amiga me preguntó si eso era lo que hacía, deshacerme de las cosas que me molestan. Y le contesté que sí, que ya hace un tiempo que decidí que no tengo por qué quedarme con lo que no me hace feliz.
Yo no necesito que nadie me busque una granja, estoy bien donde estoy. Ahora, tampoco exijo a nadie que esté aquí, ni que lea lo que escribo, ni que me llame por teléfono. El que no sea feliz a mi alrededor es muy libre de marcharse.
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